En honor a la verdad, quien esté leyendo estas palabras debe saber que esta reseña me ha empujado a devorar las últimas 180 páginas de ‘Ventiladores Clyde’ con una pasión inusitada en mi. Aunque caminaba sobre seguro porque ya sabía lo que era capaz de hacer Gregory Gallant, más conocido en el mundo del cómic como Seth. Éste autor canadiense llegó a mi vida de la mano de uno de los mejores críticos y estudiosos del cómic que tenemos en España, Gerardo Vilches, quien lo recomendó en el club de lectura de novela gráfica que dirige en la librería Muga. –no dejéis de leerle en ‘The Watcher Blog’–. Curiosamente lo hizo de la mano de otro título suyo: ‘La vida es buena si no te rindes’, elegido uno de los “cien mejores cómics del siglo XX” por los editores de The Comics Journal.

Aquella novela gráfica me dejó boquiabierto por el cariño que demostró por los viñetistas de tiras cómicas de las revistas americanas de principios del siglo XX (independientemente de que fuesen ficticios o reales). Recuerdo que Gerardo nos dejó con un cliffhanger a la altura de ese agente Cooper cara a cara con Bob en ‘Twin Peaks’; nos dijo: “El cómic con el que descubrí que había tebeos más allá de los superhéroes era de este mismo autor y se llamaba ‘Ventiladores Clyde’ y cuenta la historia de una empresa de ventiladores”. Quien me siga en redes sabrá que soy un enamorado del branding y las marcas con historia, por eso creé el podcast de BrandStocker. Aquel título prometía muchísimo y me puse a buscarlo como loco , pero estaba descatalogado. No estaba ni en Iberlibro, ni en Wallapop, ni en las librerías especializadas de El Rastro madrileño, hasta que Salamandra lo reeditó recientemente y… lo he terminado de leer hace escasos minutos.

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‘Ventiladores Clyde’ es una novela gráfica que narra la historia de los hermanos Matchcard, dos personajes que luchan por mantener con vida una vieja empresa familiar dedicada a la fabricación de ventiladores, que es adelantada por la derecha por los avances tecnológicos de un portento de la innovación llamado “aire acondicionado”. La historia no tiene más dobleces porque lo interesante no es el qué sino el cómo. Seth disecciona una historia familiar apasionante, llena de amarguras y desencuentros, para centrar el foco en una atmósfera narrativa, tenue, nostálgica y desoladora. Aunque no nos engañemos, el denominador común  de todas las obras de Seth siempre ha sido el tiempo, pero no por querer detenerlo sino porque le asusta el miedo al cambio. Esto no quita que tenga una cotidianidad maravillosa. Por ejemplo, en el primer capítulo vemos cómo dialogo y viñetas se disocian para transformarse en un auténtico recetario del éxito de todo gran vendedor. Lo que es sencillamente sublime.

La ambientación que logra Seth nos sumerge en otra época gracias a una ilustración expresiva, tratada con mimo y eficacia, que además se ve beneficia del uso de la palabra justo y un duotono azul y negro sobre páginas sepia tan añejo como maravilloso. Por eso resulta una lectura elegante, sencilla y cautivadora… su capacidad para transformar las emociones y la “morriña” en poesía visual, simplemente es sobrecogedora. Y en esto es un genio. El minimalismo de su dibujo es un ejercicio de síntesis perfecto, no hay nada que sobre ni que falte en la lectura por eso creo que la clave de esta precisión es el lenguaje simbólico que utiliza. En esta faceta le asemeja a los ilustradores del The New Yorker de los años treinta del pasado siglo (que tando adora), porque eran profesionales todoterreno del diseño. Lo mismo te hacían un cartel o una portada, como que te hacían una tira cómica. En este sentido queda de manifiesto que Seth es un gran diseñador, dotado de una sensibilidad especial para la edición de libros. En ‘Ventiladores Clyde’ “juguetea” con los gráficos, como se puede comprobar con las más de 40 páginas en las que nos mantiene atrapados con tan solo escenarios vacíos.

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Para comprender bien la melancolía y añoranza por el pasado que rezuma ‘Ventiladores Clyde’ tengo que hablar antes de la personalidad del propio Seth. En primer lugar, cuando era joven solo estaba interesado por la época en la que crecieron sus padres, es decir, de los años 30 a los 50, e intentaba vivir siguiendo el estilo de “aquellos maravillosos años”. Curiosamente hoy en día, con 50 años, está más interesado por la época de su infancia, es decir, los años 60, 70 e incluso los 80. Su obsesión por el pasado se ha convertido en una forma de vida. Repudia la tecnología (en la medida de lo posible), no tiene teléfono móvil, y se ha transformado en un tipo manifiestamente anacrónico. Solo hay que buscar fotos suyas en la red, por cierto muy parecido al protagonista de esta obra (guiño, guiño). Precisamente este amor por lo “viejuno” le llevó a encontrar la inspiración en una tienda de estética retro del Toronto de los años 80. El local tenía un cartel pintado a mano que (algo llamativo para esa época), tenía muebles de los años 60 y en la pared colgaban las fotos de dos hombres. Aquella tienda que se se llamaba Clyde Fans.

Durante el proceso creativo Seth trabajó en una historia tenue como su propia vida y jugó a representarse a sí mismo con dos personajes diferentes. Uno de los hermanos Matchcard es su parte sociable y el otro la retraída. A esto hay que sumarle otra constante en todas sus historietas, la inclusión de la figura de sus padres. La madre del protagonista es su propia madre y la figura del padre (que no aparece) es la de su padre de verdad.

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Por todo esto no es de extrañar que, para acabar de escribir y dibujar estas 488 páginas, Seth haya tardado la friolera de 20 años. Aunque tanta espera ha merecido la pena. Parafraseando aquel anuncio famoso, poder leer a uno de los mejores autores de la historieta americana independiente… no tiene precio.